Poesía
No hay descanso. Ni paz
posible. Ni glorieta
de sombra. Ni árbol
de brisa. Ni hoja
en el aire del sueño...
No hay piedra firme
y lisa. Ni camino
sencillo o senda abierta.
Ni huida, ni pie lento.
Ni parque de sosiego...
No hay gesto que
la aplaque. Ni ruego
capaz de asir sus armas.
Ni tormenta, ni cruz
que posponga su golpe...
No hay refugio ni cerco
que disuada su radiación
de inmoladora lumbre,
su luz cegante,
su cortante entrada...
Con cada niño, se hace
más presente. Frente
al amor, me desnuda
las plantas en su fuego.
La madre, el aire de su
hondo olor a almohada,
le pone fina su hoja
para hurgar en la menas
de mis lágrimas. No
hay tregua. Constante
ruiseñor por mi garganta,
ya no hay nada que hacer:
¡quedar sin habla!,
para, en su red
de mariposa y humo,
que no admite ni aliento,
caer
y forcejear
y amarla...
|